viernes, 15 de septiembre de 2017

57.- Un poema de "El horizonte" para una exposición de Julio Juste.

Durante el verano de 1992, mi amigo el pintor Julio Juste me invitó a colaborar con él en la exposición que en aquellos momentos estaba preparando por encargo del Servicio de Promoción Cultural de la Universidad de Sevilla. Me pidió un poema para el catálogo, uno que girara alrededor del tema central de la muestra: el culto a la muerte y la muerte en la tradición cultural o mitológica. Yo escribí el poema y Julio Juste lo incluyó en el catálogo como texto de presentación. Siempre se lo agradecí. Años más tarde, con escasas variaciones, aquel poema se publicó (dedicado, naturalmente, a Julio Juste) en El horizonte.  





















Algunas páginas del catálogo
de la exposición "Discípulo meridional del Giotto" de Julio Juste
(Septiembre-octubre de 1992, / Antigua Fábrica de Tabacos, Universidad Hispalense, Sevilla)



domingo, 20 de agosto de 2017

56.- Un poema de "El horizonte" para unas fotos de Juan Ferreras.



     Corría el verano de 1998 y mi buen amigo y mejor fotógrafo Juan Ferreras me pidió un texto para la exposición a la que estaba dedicando sus esfuerzos por aquellas fechas. Bajo el título de "Los honorables", su autor buscaba reunir imágenes de los músicos callejeros de Granada y, también, de algunos de los mendigos y vendedores ambulantes que recorrían sus calles en aquellos días. Con este trabajo se intentaba mostrar un profundo desacuerdo con el intento municipal (fallido) de apartar a los mendigos de las calles más céntricas de la ciudad en las vísperas del Campeonato Mundial de Esquí de 1996. Acepté el encargo y escribí el poema "Marinería", que apareció en el catálogo de la exposición junto a otros textos de Luis García Montero, Ángeles Mora y Antonio Muñoz Molina (Los honorables, Juan Ferreras, Museo Casa de los Tiros, octubre de 1998, Granada). Más tarde, en el año 2003, incluí dicho poema en el libro de El horizonte.









jueves, 8 de junio de 2017

55.- Palabras de Ángeles Mora sobre "El horizonte" (Madrid, 2003).

          “¿A dónde ir que no tiemble” es la cita de José Bergamín que abre El horizonte. Y no me extraña esta elección. Al cerrar El horizonte, tras su lectura, nos queda una sensación sobre todas: desolación. Pues estamos ante un libro desolado y desasosegado. Un libro donde las sutilezas múltiples de la vida parecen alfileres clavándose en la carne indefensa del que ya sólo quisiera, sencillamente, cierto sosiego. Poemas distanciados, inquietantes, que nos muestran la confusa relación del hombre con el mundo, con las cosas que nos rodean, cosas que deberían tal vez acompañarnos, pero parecen que van por su lado, ajenas a nosotros, cuando no se nos acercan para dañarnos. Distanciamiento que sin embargo no oculta el dolor o el sarcasmo ni una emoción soterrada ante el fracaso, los sueños perdidos, la derrota.
     La poesía, parece decirnos José Carlos Rosales en este último libro, es una forma de mirar el mundo, las cosas, la vida. De mirar y no simplemente de ver. Una manera de mirar y de pensar a través de las imágenes sensoriales y de la conciencia de ese mundo interior y exterior que constituye nuestra vida. "He venido para ver las cosas", nos dice Luis Cernuda en un verso que "marca" la primera parte de El horizonte. Pero este libro nos habla más de mirar que de ver. Más de mirar las cosas que nos afectan sin poder evitarlo, sin poder esquivar un mundo hostil. "De las cosas que pasan sólo miro / aquellas que me hieren", así comienza uno de los poemas más significativos del libro: "La herida de las cosas". [...]
     Llamativamente el poeta nos habla de un horizonte movible, en continua mudanza, aunque el horizonte parezca estar siempre fijo en el mismo sitio, y siempre haya sido el símbolo de ese lugar lejano al que quisiéramos llegar, al que miran nuestros sueños. Y aunque el horizonte sea también en este libro ese lugar lejano, sin embargo es un horizonte en movimiento, en continuo movimiento. "Como pájaro esquivo que no encuentra su rama", el horizonte siempre sigue moviéndose a lo lejos, como en un "blues" maldito, sin que nosotros podamos alcanzarlo. Ese horizonte huidizo se pasea a lo largo de este libro para mostrarnos tal vez el abandono, la soledad, la fugacidad y la impotencia de la vida como se simboliza en un poema central titulado "La casa escondidad". […]
        Con tres excelentes libros de poemas publicados: El buzo incorregible (1988, 1996), El precio de los días (1991) y La nieve blanca (1995), de un tono intimista y lenguaje justo, preciso, lúcido, cercano a veces, sobre todo en La nieve blanca, al minimalismo, ha llegado José Carlos Rosales a un punto de sabiduría creativa envidiable. El horizonte está estructurado en tres partes: “El lugar que las cosas desean”, “Comercio interior” y “El lugar que las cosas encuentran”. Es como un círculo, un curso perfectamente calculado que pretende llevarnos, del planteamiento al desenlace, por decirlo así, pasando por un núcleo central –ese “Comercio interior” que es el lugar del encuentro con uno mismo, de la lucha íntima por hallarle sentido al mundo. Un recorrido que seguimos, a través de un discurso vital y reflexivo, no linealmente sino quebrándose una y otra vez, como la propia complejidad de los sentimientos, sensaciones e intuiciones. Se cierra con una cita de Sylvia Plath: “…why am I cold?”, situada al frente de la última parte del libro.
          ¿Por qué tengo frío?, podríamos decir que es la última pregunta de este libro que no nos brinda concesiones: “sólo ruinas inmóviles / ofreciendo un paisaje / repetido y estéril. // Puede ser el desierto, / o el corazón tal vez”.
         Y es que el lugar que las cosas encuentran no están en un horizonte lejano, sino en otro mucho más cercano y humilde: “esas brasas que nadie distingue” pero que arden dentro de nosotros es lo único que tenemos. O sea, nuestra vida. La esperanza, el horizonte quizá esté dentro de nosotros mismos.






[MORA, Ángeles, "El horizonte", La Estafeta del Viento, nº 5, primavera‑verano 2004, pp. 104-105]




domingo, 7 de mayo de 2017

54.- Un grabado de Maureen Lucía Booth para un poema de "El horizonte".




De Maureen Lucía Booth (& José Carlos Rosales),
del libro de artista "Entredós" (2005), editado por Cuadernos del Vigía,
con 11 grabados y 10 poemas de amor de poetas españoles
 contemporáneos (Miguel Ángel Arcas, Ángeles Mora, Andrés Neuman
y José Carlos Rosales, entre otros). La edición consta de 50 libros firmados y numerados
en números arábigos, cinco pruebas de artista, 10 ejemplos H/C y 12 libros
con los poemas escritos a mano y firmados por los poetas, además de 50 libros
 numerados en números romanos, también con cinco pruebas del artista y 10 H/C.






viernes, 17 de marzo de 2017

53.- Palabras de Francisco Díaz de Castro sobre "El horizonte" (Madrid, 2003).

El horizonte / Francisco Díaz de Castro

[El Mundo, El Cultural, Madrid, 24 de julio de 2003, pág. 12]

     A lo largo del ciclo que forman sus tres libros anteriores, El buzo incorregible (1988), El precio de los días (1991) y La nieve blanca (1995), José Carlos Rosales (Granada, 1952) ha ido construyendo su obra poética como un esfuerzo continuado de su personaje por alcanzar formas de lucidez sobre la inestabilidad de la conciencia y el desorden de la vida cotidiana, con sus discontinuidades, sus alteraciones, sus perspectivas engañosas.
     Sin insistencias anecdóticas, sin desarrollos narrativos amplios, sus poemas apuntan a extraer conocimiento de lo efímero y lo ilusorio que se desvanece, a consignar la crónica del desengaño, una crónica seca, fragmentaria, minimalista a veces, en la que entre paradojas y evidencias, sólo se salva la cierta voluntad de resistencia de su personaje. Tras ocho años de silencio el poeta parece iniciar con El horizonte una nueva etapa en la que ni el intimismo ni las coordenadas de su poética son distintas, pero en la que encontramos tonos y desarrollos nuevos, con una emoción menos refrenada, con un más amplio despliegue imaginativo de la reflexión sentimental, con una ironía que desemboca en abierto sarcasmo y con la reivindicación de ciertos valores ideológicos y biográficos apenas apuntados en los libros anteriores, precarias luces en el escenario desolado de una intimidad que sabe perdida de antemano cualquier nueva batalla contra el tiempo y la memoria. Así lo viene a mostrar la misma estructura cerrada del libro: “El lugar que las cosas desean” y “El lugar que las cosas encuentran”, partes primera y tercera, con tres poemas cada una, enmarcan en “Comercio interior”, la parte central, una nueva topografía de la conciencia que, entre los restos de una ambigua resistencia, desemboca en desierto y soledad: “Puede ser un desierto, / o el corazón tal vez”, se dice al concluir “Un paisaje”, el último poema del libro.
     […]


[El Mundo, El Cultural, Madrid, 24 de julio de 2003, pág. 12]


José Carlos Rosales y Francisco Díaz de Castro
(Granada, 1998)

viernes, 3 de febrero de 2017

51.- Palabras de Juan Carlos Rodríguez sobre "El horizonte" (Madrid, 2003).



     [...] Solitarios como una casa escondida, en ruinas, donde “sólo el agua se queda sin hacerse preguntas”. Solitarios como una habitación a solas (una bella paráfrasis de Gil de Biedma, dándole la vuelta), solitarios como el tiempo gastado o el tiempo roto. Si la única vida posible es aferrarse a las cosas, lo malo es esa continua oscilación entre el lugar que las cosas desean y el lugar que las cosas encuentran. ¿Cuál es el lugar que las cosas desean? Sin duda herirte, la herida de las cosas. ¿Cuál es el lugar que las cosas encuentran? Sin duda “viene a ser un desierto escondido”. Claro que hay variantes en ese encuentro: “puede ser un desierto / o el corazón tal vez”. Si este es el final del libro ¿qué existe en el medio? Ese comercio interior que es nuestra vida. Sobre todo el comercio con el bazar que es uno mismo. Yeats decía que de la lucha con los demás surge la retórica, pero que de la lucha con uno mismo surge la poesía.
     Poesía auténtica la de este magnífico libro de José Carlos Rosales que en cierto modo rompe los cristales distantes que a veces existían en sus otras obras. Aquí los cristales se abren, como una ventana, se rompen como brindis o en otros homenajes a la muerte (a través de César Vallejo) o al tiempo que siempre le ha acompañado (con más homenajes clásicos: “por no hacer mudanza en su costumbre” o “exceso de equipaje”). Y sobre todo un homenaje al amor (me gusta en especial el poema “Ojos que dicen cosas”, subtitulado “Samba”, que me recuerda el juego con el pie quebrado de la estrofa sáfico-adónica) o al dolor de su ausencia. Pero no tengo espacio para entrar en más detalles concretos de este libro: me basta su tristeza. No sé si cuando muy jóvenes –ellos más que yo– nos reuníamos “clandestinamente” José Carlos, Justo Navarro y yo (y enseguida los demás, Eduardo Castro, Juan Ferreras, Juan Vida o la librería de Rafael Juárez: todos ellos están en las Dedicatorias finales), nos reuníamos, digo, para saber elaborar pacientemente la realidad de la tristeza o la imposible asunción de la soledad. No se trataba sólo de cambiar el mundo sino de convencernos a nosotros mismos de que la vida existía y de que era posible aún enmarcada en una tristeza que entonces iba como en broma y ahora va completamente en serio (sin duda es éste uno de los mejores poemas del conjunto). Pero lo inesperado surge de pronto: tampoco sé si el poema situado en la contracubierta del libro (“Hoy, mañana”) está elegido por los editores o por el propio poeta. Pero su dialéctica temporal es ostensible. La dialéctica del tiempo que alguna vez señalé ya en José Carlos se desgarra ahora pese a la aparente –o muy real– presencia perdurable de lo quieto (hoy igual a mañana), algo que se desliza hasta la línea penúltima del poema: “la vida acaba sin que nada cambie”. Pero una dialéctica que de pronto nos sorprende y nos despierta: “el tiempo sigue, la tristeza engaña” [...].








[El fingidor (Granada), nº 19-20
(mayo-diciembre de 2003), págs. 62-63]