48.- Tres poemas sobre la huida.




TREINTA Y UNO DE MAYO, MARTES

Es fácil tropezar cuando se huye
camuflado en la bruma inacabable
de una vida sin vuelo ni rizada.

Es fácil tropezar y no apreciarlo
hasta un tiempo después: como la herida
que, de un golpe sutil bajo la ropa,
sangra sin que se note hasta que alcanza
a manchar en silencio la camisa.

De ese modo tropieza aquel que huye:
con la mirada atrás, sin hacer ruido.

[De El precio de los días, Sevilla, 1991]


LA INOCENCIA DEL MIEDO

Parecerás culpable cuando dudes,
cuando cierres los ojos, o no mires.

Parecerás culpable cuando corras
por las calles en medio del bullicio;
si te escondes temblando en la cuneta,
si tropiezas y caes, si te desmayas.

Nadie dará su mano a los caídos
cuando sean inocentes, cuando busquen
tranquilidad, distancia, desafío:
parecerán culpables cuando huyan.

[De El desierto, la arena, Sevilla, 2006]



SITUACIÓN CASUAL 

Esta mañana el cielo estaba sucio,
con poca luz, cerrado, y era invierno,
otra vez era invierno, volvió el frío
con su inútil retórica de niebla,
silencio o lejanía. Cada pájaro,
sorprendido, aguardaba no se sabe
qué giro o cambio, trasladarse lejos,
que el aire turbio se volviera limpio,
que se llevara el viento tanto daño.

Esta mañana el cielo estaba sucio,
todos sobrellevaban su mutismo
y nadie trajo un ápice de luz o de sosiego:
sólo nubes paralizadas,
pájaros invisibles imaginando huidas.

[De Y el aire de los mapas, Sevilla, 2014]



Imágenes de José Carlos Rosales (Granada, noviembre de 2016)


47.- Palabras de Juan Carlos Abril sobre la antología poética "Un paisaje" (Renacimiento, Sevilla, 2013)



(Juan Carlos Abril, reseña de Un paisaje, José Carlos Rosales; selección y prólogo de Erika Martínez)


      [...] Esta indagación estilística merecería sin duda un análisis más profundo, que dejamos emplazado para otra ocasión, aunque nos gustaría señalar, como una de sus principales características, que Rosales siempre ha manejado el verso de una manera formalmente ordenada, encauzando el discurso en los metros y ritmos tradicionales con soltura y naturalidad. El cambio al que aludimos opera precisamente ahí, en una vuelta de tuerca en esa naturalidad de la frase engarzada en los ritmos, en una apuesta mucho más decidida por la largura o sencillez —la discursividad— de la frase, que aparece cercana a la cotidianidad, y que se enmarca de manera precisa, sin fisuras, en la métrica clásica. Es una escritura en el agua, como dijera Joseph Brodsky, o marca de agua, la filigrana en el papel que da cuenta de la profundidad de la superficie: “Escribiendo en el agua de un lago ya perdido, / soportando borrascas y nieve y huracanes, / aparece la sombra de un buzo incorregible / con vidrios de tristeza que ponen sordo el día. / Entonces la mañana de un nunca desdeñado, / opaca y sigilosa, se retira sin pleito.” (p. 36, de “Al día siguiente”). 
    Quizá podríamos establecer una suerte de correlación estructural, ese grupo dinámico que configura siempre la forma y el contenido, con la alegría y la tristeza, como un eje dinámico que estructura los poemas de Rosales, un antes y un después que en El desierto, la arena tuvo su particular transición, representada en los poemas sobre el miedo, medulares en ese libro. 
    La poesía de José Carlos Rosales estaba matizada por el sesgo de la melancolía, la nostalgia, las amarguras y las interioridades de un camino sinuoso, como cuando dice en El horizonte: “Puede ser el desierto, / o el corazón tal vez” (p. 94, de “Un paisaje”, poema homónimo del libro que nos ocupa). La superación del miedo -en un ejercicio de valentía poética y vital- supone el punto de inflexión hacia otra etapa, otro momento en esta trayectoria ya de tres décadas y un puñado más que notable de poemas que los lectores de poesía en España agradecemos.
       [...]
[Periódico de Poesía, Universidad Nacional Autónoma de México, nº 74, noviembre de 2014] / [Ver más]