55.- Palabras de Ángeles Mora sobre "El horizonte" (Madrid, 2003).

          “¿A dónde ir que no tiemble” es la cita de José Bergamín que abre El horizonte. Y no me extraña esta elección. Al cerrar El horizonte, tras su lectura, nos queda una sensación sobre todas: desolación. Pues estamos ante un libro desolado y desasosegado. Un libro donde las sutilezas múltiples de la vida parecen alfileres clavándose en la carne indefensa del que ya sólo quisiera, sencillamente, cierto sosiego. Poemas distanciados, inquietantes, que nos muestran la confusa relación del hombre con el mundo, con las cosas que nos rodean, cosas que deberían tal vez acompañarnos, pero parecen que van por su lado, ajenas a nosotros, cuando no se nos acercan para dañarnos. Distanciamiento que sin embargo no oculta el dolor o el sarcasmo ni una emoción soterrada ante el fracaso, los sueños perdidos, la derrota.
     La poesía, parece decirnos José Carlos Rosales en este último libro, es una forma de mirar el mundo, las cosas, la vida. De mirar y no simplemente de ver. Una manera de mirar y de pensar a través de las imágenes sensoriales y de la conciencia de ese mundo interior y exterior que constituye nuestra vida. "He venido para ver las cosas", nos dice Luis Cernuda en un verso que "marca" la primera parte de El horizonte. Pero este libro nos habla más de mirar que de ver. Más de mirar las cosas que nos afectan sin poder evitarlo, sin poder esquivar un mundo hostil. "De las cosas que pasan sólo miro / aquellas que me hieren", así comienza uno de los poemas más significativos del libro: "La herida de las cosas". [...]
     Llamativamente el poeta nos habla de un horizonte movible, en continua mudanza, aunque el horizonte parezca estar siempre fijo en el mismo sitio, y siempre haya sido el símbolo de ese lugar lejano al que quisiéramos llegar, al que miran nuestros sueños. Y aunque el horizonte sea también en este libro ese lugar lejano, sin embargo es un horizonte en movimiento, en continuo movimiento. "Como pájaro esquivo que no encuentra su rama", el horizonte siempre sigue moviéndose a lo lejos, como en un "blues" maldito, sin que nosotros podamos alcanzarlo. Ese horizonte huidizo se pasea a lo largo de este libro para mostrarnos tal vez el abandono, la soledad, la fugacidad y la impotencia de la vida como se simboliza en un poema central titulado "La casa escondidad". […]
        Con tres excelentes libros de poemas publicados: El buzo incorregible (1988, 1996), El precio de los días (1991) y La nieve blanca (1995), de un tono intimista y lenguaje justo, preciso, lúcido, cercano a veces, sobre todo en La nieve blanca, al minimalismo, ha llegado José Carlos Rosales a un punto de sabiduría creativa envidiable. El horizonte está estructurado en tres partes: “El lugar que las cosas desean”, “Comercio interior” y “El lugar que las cosas encuentran”. Es como un círculo, un curso perfectamente calculado que pretende llevarnos, del planteamiento al desenlace, por decirlo así, pasando por un núcleo central –ese “Comercio interior” que es el lugar del encuentro con uno mismo, de la lucha íntima por hallarle sentido al mundo. Un recorrido que seguimos, a través de un discurso vital y reflexivo, no linealmente sino quebrándose una y otra vez, como la propia complejidad de los sentimientos, sensaciones e intuiciones. Se cierra con una cita de Sylvia Plath: “…why am I cold?”, situada al frente de la última parte del libro.
          ¿Por qué tengo frío?, podríamos decir que es la última pregunta de este libro que no nos brinda concesiones: “sólo ruinas inmóviles / ofreciendo un paisaje / repetido y estéril. // Puede ser el desierto, / o el corazón tal vez”.
         Y es que el lugar que las cosas encuentran no están en un horizonte lejano, sino en otro mucho más cercano y humilde: “esas brasas que nadie distingue” pero que arden dentro de nosotros es lo único que tenemos. O sea, nuestra vida. La esperanza, el horizonte quizá esté dentro de nosotros mismos.






[MORA, Ángeles, "El horizonte", La Estafeta del Viento, nº 5, primavera‑verano 2004, pp. 104-105]