En su último libro Vida aparte, José Carlos Rosales (Granada 1952, Doctor en Filología Hispánica, escritor y poeta) consigue transformar la intimidad de la lectura poética en una comunidad solidaria que alimenta la libertad y la expansión individual. Sus 1.001 frases, sugerentes como las mil y una noches, se acogen a un Tractatus lógico-poético. Enmarcadas en los días de la semana y cuidadosamente ordenadas, muestran su filo armado. Son frases que iluminan el tejido ético-político, y lo muestran como lienzo pixelado de pequeñas verdades, en parte antes recopiladas y versificadas en otros numerosos títulos que avalan su minuciosa labor.
El trabajo poético de José Carlos y las convicciones éticas, estéticas y recursos estilísticos que lo sustentan tienen un largo recorrido. Por citar algunas de sus obras: El desierto, la arena (2006), Poemas a Milena (2011), Memoria poética de la Alhambra (2011), Y el aire de los mapas (2014), Si quisieras podrías levantarte y volar (2008-2016), Señales amarillas (2017), Años larguísimos (2019), A mi trabajo acudo, con mi dinero pago. Poesía y dinero. Antología poética desde el Arcipreste de Hita hasta la actualidad (2019), Libro de faros (2020), Alguien lleva una piedra escondida en la ropa (2015-2022)... Pero Vida aparte viene a ser un saldar cuentas con la vida, las pequeñas verdades y la historia real, esa que se fija más al verso que a la prosa, aunque aquí cristalice en frases que giran como piedrecitas juguetonas por nuestra imaginación. Porque si Dios o el Verbo arrojó la piedra y escondió la mano tras su grandeza inútil y eterna, esa piedra rodó y se deshizo en cosas banales, en instantes nimios, en días grises. Y cada cual conservó su trozo como inmensidad oscura y borrosa. Y lo escondió cuidadosamente en su bolsillo para preservar lo más propio.
¿Rodó la piedra por el jardín de Epicuro en Vida aparte? ¿Escondía la tranquilidad de los placeres mesurados, de las satisfacciones sin intensidades ni servidumbres dolorosas? Tal vez sí. Aunque al rodar bien podría desgranarse en búsqueda vital y continuada de una libertad compartida y siempre más amable. Pues la conformidad del espacio blindado, particular y alejado del mundo, no casa con las aportaciones de la experiencia ajena y del mundo que exige la libertad. El poeta-buzo no se cierra, se abre a reivindicar al porquero frente a Aquiles, al obrero anónimo con nombre y apellidos, a quien desapareció en el tajo o aquel otro que dejó su vida en una manifestación obrera frente a la policía de un amo miserable.
¿Vida aparte? Quizá no tanto como en Samos, o sí, por qué no. Epicuro de Samos abrió los ojos en aquella isla. Su magia nos llega porque fue enclave receptor de culturas y punto de unión entre continentes: Europa, África y Asia. Allí floreció uno de los mercados más fascinantes de la historia antigua. La rivalidad entre fenicios y griegos lo convirtió en uno de los centros comerciales más importantes de la cuenca. En sus puestos era posible encontrar productos autóctonos como el vino samio, y otros propios de toda la cuenca del Mediterráneo; el aceite de oliva o los higos, las pasas, los frutos secos, la miel o el garum junto a otras aromáticas salsas; el pescado y el marisco. Y junto a los alimentos se mezclaban los pesos y medidas persas y griegos, y lucían las telas colgadas teñidas con púrpura de Tiro junto a tejidos de lanas hiladas o de lino egipcio, y alfombras traídas de Anatolia y Persia. Los continentes se unían a otros continentes minúsculos hechos de cerámica procedente de los talleres griegos, combinados con los útiles de bronce y hierro. Y todo ello, en puestos perfumados con esencias traídas de Arabia a través de Tiro. El mercado no era intercambio, era un bullicioso ajetreo ético y estético de un colorido sorprendente.
En el puerto de esta isla lejana florecían maravillosos jardines, claro que sí. Pero gracias al esfuerzo invisible de ese trasiego diario de afanados comerciantes que ofrecían sus productos, de rudos pescadores que arriesgaban sus vidas día a día, de tejedores tenaces que urdían sus maravillas, de herreros martillando entre fuegos y quemaduras, de artesanos ocupados en cumplir sus encargos, de esclavos bajo el yugo de un trabajo impío. Todos ellos, seres humanos, dedicados a cubrir necesidades o lujos, urgencias o caprichos, llegados de todo el orbe. En ese marco era posible habitar un jardín, claro que sí. Pero sabiendo que su cultivo ya estaba abonado y preparado por otros esfuerzos menos ausentes y no tan visibles.
La aparente posición epicúrea rayada de estoicismo de José Carlos en este libro no es una separación del pensamiento de la realidad, su estructura responde a una métrica más propia de los ritmos del alma que del sonido. Y si los caminos trazados en su interior parecen alejarse del mundo, es tan sólo como muestra del hastío ante una realidad que parece conducirnos a una malversación de principios, valores y actitudes. Una realidad plagada de ruidosas mentiras, con grandes banderas y pequeñas cabezas, que se aproxima a la barbarie. Y si el poeta bucea y se alberga en un jardín placentero, no es para renunciar al combate por una sociedad más justa, sino para mostrar caminos posibles de entendimiento, pasos de cebra cotidianos que, más allá de una u otra orilla, de una u otra acera, de una u otra zona de cualquier línea divisoria o cualquier frontera, pueden ofrecernos una oportunidad para el planeta y un cobijo para la vida.
La obra se compone de estratos cuyo sentido está orientado por significantes que condensan y aglutinan intenciones e imágenes: buzo, doce vagabundos, (quién sabe si semejantes a las doce tribus bíblicas de Israel o doce amigos) pasos de cebra, faros, frases y caminos… Elementos todos que entran en juego en la acción del verbo y en conjunción con predicados que sorprenden y abren nuevos sentidos. El ritmo deja las expresiones en suspenso, invitando al lector a la espera, a resistir hasta el próximo eslabón y el último momento en que se ilumina la orientación y el sentido.
Al hilo de estos condensadores se pasa revista al lenguaje, para abrir la riqueza de la experiencia íntima o hundirse en horizontes borrosos y caminos intransitables. Alerta en esas oscuridades de los peligros que seducen a las almas incautas. Portan estos condensadores el mestizaje urbano mezclando términos de uso cotidiano con otros más insondables. Un texto rico en alusiones a mitos enraizados, a poetas vivos en la memoria, un texto que se abre también a la creación sorprendente y que se asoma al presente. No para reivindicar la luz cegadora de una verdad imposible, sino para mostrarla desnuda y minúscula. Pues la verdad, aunque pequeña, sigue siendo verdad. Y es con las pequeñas piedrecitas verdaderas que se construye el suelo donde se asientan los pasos de cebra. Pasajes que permiten ir de una lado a otro, circular entre lo humano sin perder el humus que contiene. Alertando a los peatones ante los falsos faros por cuyos reflejos se pierden los incautos, para acabar ahogándose en un fondo sin límites éticos. ¿Cómo dirigirse a quienes, tras esos brillos, arrastran el fango?
[...]
[Leer más]
