Habituados como estamos a géneros literarios nombrables y reconocibles pudiera ocurrir que el último libro de José Carlos Rosales, Vida aparte, quedara varado en el territorio de la indefinición y la ambigüedad, no siempre buenas etiquetas para un libro. Porque Vida aparte no es un libro de aforismos, aunque muchas de las frases que en él aparecen podrían figurar en cualquier antología del género («Le gustaba decir la verdad, lo que no le gustaba era oírla», «Quien grita no piensa, quien piensa no grita», «Todos queremos ser destinatarios, casi nadie quiere ser remitente»), y tampoco es un libro de poesía al uso, aunque muchas de las frases que se despliegan en él podrían ser versos de cualquier poema suyo («El agua de la lluvia camina por el suelo, se resiste a morir», «Los peces vuelan para que tú los mires»), ni es tampoco un libro narrativo, aunque leído de seguido constituye un relato acerca del devenir de la vida y el modo de entender y estar en el mundo. No es azar que el número de frases sea 1001. Es arriesgado entonces definir el libro, pues podríamos equivocarnos de etiqueta y restarle interés literario. Es, eso sí, un libro meditativo, sosegado, bello.
[Ver más / Las virtudes de una vida aparte, Juan Mata]

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